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jueves, 23 de abril de 2009

El otoño: noches sin dormir y preguntas sin respuesta

Los primeros cinco años estuve toreando sin picadores. Toreé mucho, y corté muchas orejas, pero eso no se reflejaba en ningún lado…como a ese nivel no hay escalafón…daba igual 8 que 80.
Para salir del anonimato había que dar el paso a un nivel más alto y así fue como en 2002 debuté con picadores (pude hacerlo gracias al ganadero, que me regaló los toros), por lo menos ahora las orejas que cortaba se reflejaban en un escalafón, y eso quería decir sumar puntos para algún día poder tomar la alternativa…pero también es verdad que todo se hacía más difícil…y no precisamente por el tamaño del toro…sino por el de la cartera.
Los gastos de las novilladas picadas son muy altos; me quedé sola y sin perspectivas, pero pensé que después de todo el camino que había recorrido para llegar hasta allí, merecía la pena seguir intentándolo. Así que seguí entrenando y toreando como podía. La gente cuchicheaba: a lo mejor estás toreando una becerra en un tentadero y al ver que tienes oficio, escuchas que preguntan ¿Quién es esa chica?....luego se te acercan interesados y te preguntan ¿Quién te apodera?...y tú te encojes de hombros y contestas…nadie…entonces hacen una mueca y solo dicen… Ufff, así es muy difícil…se le ensombrece la cara y se vuelven por donde han venido.
Algunos empresarios siguen llamando…pero te piden que vendas entradas, o que te pagues los toros, o que se monte el festejo al 33%, o que vayas y vengas (eso quiere decir pagarse todo los gastos de viaje y de cuadrilla del propio bolsillo, o sea, un dineral), y otros te miran de arriba abajo en plan chulesco y te proponen cosas más bajunas…y, lógicamente, como yo no les ofrecía ninguna de estas facilidades, dejaron de llamar.

Me juré a mi misma que no dejaría de luchar hasta que me quedara en el corazón un atisbo de esperanza y en el alma una chispa de energía…sería como la gota de agua incesante…que al final cava en la piedra. Me pasaba los inviernos entrenando como una condenada…todos los días subiendo y bajando cerros y pesas alternativamente, haciendo footing, estiramiento y repitiendo una y otra vez incansablemente los pases que sueñas darle a ese toro en ese día especial que tiene que llegar. Pasas muchas horas en el campo y en el coche, comiendo kilómetros desde Huelva a Salamanca, toreando una vaca tras otra…siempre con la misma idea fija…estar preparada para cuando llegue tu oportunidad.
Luego llegaba el verano, y , a lo mejor consigues un contrato o dos…a través de alguna amistad o porque te has ganado durante el invierno a la peña taurina del pueblo de al lado, o porque llegas a algún acuerdo extraño con el empresario que luego no cumple…como me pasó en una ocasión, que le dije que me pusiera la cuadrilla: a las 12:30 de la mañana hice yo misma el sorteo con la cuadrilla del otro torero, y tenía encerrados a dos señores novillos-toros (más toros que novillos) muy bien armados y rematados…y allí no había ni un solo picador (En estas ocasiones es cuando se agradece el compañerismo…al no ser por la ayuda que me brindaron los subalternos de mi compañero de cartel, jamás hubiera salido airosa de allí ni mucho menos hubiera cortado tres orejas).
Tenía que hacérmelo yo todo: contactar a la cuadrilla, organizar el viaje, buscar la furgoneta, buscar el hotel, preocuparme de las comidas hacer malabarismos con el dinero y prácticamente cualquier problema que surgiera. Paradójicamente, cuando estaba delante del toro era el único momento en el que podía relajarme, y tampoco mucho, porque en algunas plazas tenía que tener un ojo en el toro y otro en el callejón, para estar pendiente que el empresario de turno no se esfumara con el dinero de mi cuadrilla.
Y así tiras para adelante…a tranca y barranca…y esperas una verdadera oportunidad.
Toreas en un pueblo, lo haces bien y sales por la puerta grande…resultado, una reseña de dos líneas en el periódico que dicen: Eva Florencia, estocada y oreja, estocada y dos orejas (realmente es frustrante llevarte entrenando todo el año para matar a lo mejor solo esa novillada, que te ha costado mucho conseguir; torear como si de esa tarde dependiera todo...y darte cuenta al día siguiente que es como si no hubiera pasado nada, al margen de que podía haberte matado un toro, claro).
Las orejas hay que cortarlas en las plazas de primera…así que tocas a la puerta de la plaza de primera y te dicen que has toreado poco y que torees más…pasa otro invierno…vuelves a triunfar en la plaza de pueblo…parece que alguien te va a echar una mano…los de la plaza de primera te prometen un huequito para el año que viene…te haces ilusiones...te haces un traje nuevo…otro invierno…otro verano…otros toros…otros pueblos…vuelves a intentarlo…pero no hay sitio en la plaza de primera…no hay oportunidad para alguien como yo.

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